Sunday, October 1, 2023

Kant como el San Pablo de la Ilustración. Sobre el nuevo lugar de Dios en la modernidad


Para poder captar la importancia que Kant tuvo en el desarrollo de la modernidad nos podemos servir, en lugar de sus tres intimidantes Críticas, de su brillante ensayo La religión dentro de los límites de la mera razón. Aquí Kant no se muestra como ese filósofo paciente, reiterativo, y aséptico, sino como un crítico cultural incontrolable y desenfrenado. En otras palabras, encarna a la modernidad en su momento más afilado: como ese ácido que lo disuelve todo, donde lo sólido se desvanece en el aire. 

Así como San Pablo inventa la teología cristiana al redefinir la totalidad del judaísmo en virtud de la nueva revelación de la resurreción de Cristo, Kant hace lo suyo con el cristianismo en virtud de una nueva, más potente revelación: la Ilustración. Para el primero, la resurrección supera y transforma al judaísmo, por lo cual todos sus símbolos, ritos, e imágenes necesitan ser transfigurados en la forma del Cristo glorificado. Para el segundo, la Ilustración es una nueva resurrección, pero esta vez de la humanidad entera, llamada a nueva vida bajo el imperativo piensa por tí mismo. Si para el cristianismo todo el recorrido histórico del judaísmo no es más que la sombra de la Cruz, la Ilustración de Kant recontextualiza las metáforas infantilizantes de la moralidad cristiana bajo la autonomía la Razón humana. Esto, por supuesto, no está carente de problemas (y la modernidad, cuyo principio nuclear es el movimiento mismo, no paró en Kant), pero sí nos permite entender uno de los momentos de verdad de la filosofía trascendental. 

Sabemos que Kant no era ateo y no hay ningún motivo para dudar de su fe en la existencia de Dios. Todas las lecturas revisionistas que buscan encontrar en el filósofo un ateísmo avant la lettre se exponen en su raquítica ingenuidad comparadas con el genio de las innovaciones kantianas. Y es que en su obra la modernidad se hace auto-consciente de un movimiento que hasta ese momento estaba implícito, y que parecía tener el aspecto de un accidente histórico. Kant, como muchos de los filósofos modernos que le antecedieron, no tenía acceso a los textos más sofísticados de la metafísica medieval, donde encontramos los argumentos más potentes y mejor trabajados a favor de la existencia de Dios. Nunca habitó en los pasillos interminables de catedrales textuales como la Summa Theologiae. En realidad, Kant no necesitaba conocerlos porque no le interesaba en lo absoluto afirmar o negar racionalmente el teísmo: el gran movimiento fue hacer la existencia de Dios irrelevante

Para Kant, Dios es autónomo y se da sus propias reglas en virtud de su racionalidad; esto era inobjetable para cualquier teólogo medieval. Lo que lo distancia del cristianismo es que atribuye las mismas características a la humanidad. Llegados a este punto, si la razón humana puede encontrar por sí las verdades morales con las cuales regir su compartamiento, ¿para qué necesitamos a Dios y a la religión? Todo el entramado teológico es transformado en una sombra de lo que podemos hacer por nosotrxs mismos. E incluso lo podemos hacer mejor. Kant afirma, en uno de los giros más intempestivos de su obra, que Dios no pudo haberle exigido a Abraham matar a su hijo porque va en contra de los principios morales a los cuales llegamos por el uso de la razón; es decir, la Biblia contiene una historia que, racionalmente, simplemente no pudo haber ocurrido. No solamente el cristianismo es, en última instancia, irrelevante para los asuntos de la humanidad ilustrada, sino que tiene que doblegarse ante ella. 

¿Qué lugar tiene Dios en la ética kantiana? Uno muy subrepticio, arrinconado, patético. En realidad, la respuesta es que ninguno. Dios, junto con el alma inmortal, no reaparecen en ningún momento; solamente las ideas de Dios y el alma inmortal como postulados necesarios de la razón práctica. Según el razonamiento kantiano, nuestra idea de moralidad supone racionalmente la idea de merecimiento; como no encontramos tal merecimiento de la vida justa empíricamente en esta vida, la razón postula la existencia de una vida mejor en el plano de la eternidad. Las ideas de Dios y el alma inmortal son el garante de ella. Por supuesto, esto es una mera concatenación de deducciones trascendentales, y de ninguna forma Kant acepta que esto sea el móvil de nuestra motivación de actuar correctamente: el deber se obedece por el deber mismo.

Pero podemos ir más alla de Kant usando a Kant mismo. El ensayo Sobre la paz perpetua nos permite reemplazar una metáfora de profundidad por una de temporalidad. La vida justa en este mundo se encuentra constantemente con una vida miserable, pero su reconciliación no yace en un más allá localizado por encima de nosotrxs, sino en un futuro mundo pacificado. Para hacer uso de una paráfrasis adorniana, la vida justa es incompatible con la vida falsa: de la crítica de la moral llegamos a la crítica de la sociedad. Y desde este nuevo comienzo: Hegel, Marx, etc. 

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